1. Ana

by Albert

Ana. anA. Su primer apellido. Su segundo apellido, no me acuerdo de su segundo apellido. La construcción, el cemento, la grúas de la memoria. Convertirnos en albañiles. Buscar por páginas y grupos; el nombre del colegio, el barrio, los amigos en común, el cine al que comenzábamos a ir. Nada. Tiene que estar. Todas las anas posibles. Cómo será ahora. El pelo negro, largo, la misma cara de púber. Cuántos hijos debe haber traído, sin avisar, a este mundo. Y todos los maridos. No puedo dibujarla divorciada, consumida por el tabaco y las renuncias. O sí. El juguete roto, el espejo que es un cuadro dorado y barroco, la radio encendida que repite que hoy es un nuevo día, otro más. Y coser un jersey, o la acumulación de las horas.

Las teclas que te escriben. La mecanografía de la lluvia. Los martillos. Rastrear en las redes profesionales. Abogada, enfermera, a qué se dedican las adolescentes que tanto se repiten en nuestro puzzle interior. Qué buscaremos cuando buscamos. Qué tipo de edificio hemos levantado para no hundirnos nosotros mismos. Cajera, de retazos. Ejecutiva que ha ido ejecutando plazos y etapas. Ana. anA. Un cuenco y un anagrama. Una red para náufragos, un tejido de hilos sin minotauros, un rescate de alguien que jamás fuimos y que recordamos como si tuviéramos un público al que engañar. La propia mercadotecnia, el cliente más difícil porque exige productos que no se han comercializado ni se comercializarán jamás. Ana. Y tu primer apellido. Y del segundo no me acuerdo. Tal vez no hay segundos apellidos, ni segundas rutas.

Los maestros rejuvenecen con el tiempo. Qué viejos eran desde nuestra altura, y qué cara de pedagogía posfranquista – esperanzadora y esperanzada – que tienen en las fotos. La cámara lúcida. El punctum. La herida que no entiende de perspectivas. Ni de ángulos.  No hay gafas de papel, ni el rojo o el verde de una tercera dimensión que alargue un encuadre. La realidad siempre ha sido virtual. Nada nuevo. El acto de una verdad potencial y potente. Un vaso, un beso, la merienda del pan de molde y el olor a Nocilla, con Espinete alterado, y tu hermana incordiando nuestras primeras magias. Cuántos trucos por una sonrisa.

Pero un momento, me acuerdo de Fabio, el portugués. El que vivía en la caravana. Tocaba el acordeón en los semáforos, y se escondía cuando tu padre o el mío nos venían a buscar en coche al colegio. Le daba vergüenza que viéramos su pobreza, sin darse cuenta que nosotros estábamos dentro de la secuencia. Sí, Fabio. Tal vez no tiene Facebook, pero hoy todo el mundo lo tiene. Él sabrá quién eres ahora, y dónde me esperas. Te llevabas bien con Fabio. Y yo también. De la rivalidad, pasamos enseguida a esas amistades que se sostienen por las tareas comunes, por una misma afición al deporte o a poner monedas de veinticinco pesetas en las vías del tren para observar, con tan sólo catorce años, que la velocidad siempre acaba arrasando con todo. El perfil de Fabio.