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		<title>5. Palimpsestos</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 15:38:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Albert</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Plaza Catalunya. El tren. Cuatro paradas. Un túnel, y la luz de la periferia. Las fábricas, las pintadas, como palimpsestos, en todos los muros. Las cañas donde se escondían los drogradictos, los rascacielos en forma de nichos. La estación, convertida en kiosko y en cafetería. El idioma, con acento a urdú, que jamás habíamos oído antes. Los colmados y los locutorios. Los nuevos centros sociales de una sociedad totalmente distinta a la que dejé. A 15 minutos del centro de Barcelona, a millones de kilómetros, después de atravesar las capas de una ciudad, de una cebolla que llora la indiferencia.</p>
<p>Llegué puntual. El barrio se había convertido en un centro comercial, sin prácticamente comercios, de escaleras mecánicas que conectaban plazas y jardines. Escher con dientes de acero.</p>
<p>Ya había oscurecido, las luces de las farolas se veían reforzadas por los focos de los locales de Kebab, en los que no paraban de girar bloques de carne de pollo y de ternera. Llegué a la plaza principal y subí unas escaleras que me escupieron cerca del mercado. Habíamos quedado justo al lado, en un mítico bar, que recordaba de cuando mi padre me llevaba a ver los partidos de los domingos. Parecía imposible que hubiese resistido todos aquellos años, como una lucha por salvar una identidad que nadie había reclamado. Aunque había gente dentro, no reconocí a nadie y preferí dar una vuelta antes de entrar.</p>
<p>A cinco minutos, estaban aquellos tres bloques en los que crecí. Todos con el mismo número, se diferenciaban por la letra. Era nuestra primera forma de segregación, de mear en las esquinas de lo que creíamos nuestra propiedad, de ser tribu. Cuántas guerras mundiales organizamos a golpe de tirachina. Los del bloque A éramos más independientes porque no compartíamos portal ni entrada. Sin embargo, ellos, Ellos,  los del B y el C, tenían una especie de explanada de cemento en la que organizaban la mayoría de partidos. El fútbol, arriba. Abajo, los primeros experimentos con la güija, los besos robados a las  vecinas adolescentes gracias al juego de &#8220;El conejito de la suerte&#8221;, alguna colilla, y muchas canicas. Una peonza rodando, como ahora.</p>
<p>Volví al bar. Enseguida reconocí a Nuria. Se había convertido en su madre, pensé. Como si yo no fuese mi padre. Dos besos de compromiso, rápidos. Mirar disimuladamente todo. La frustración de ver que el paso del tiempo, también, había afectado a aquella niña rubia. Pero Nuria estaba alegre, sonreía, con el hoyuelo idéntico, como una fotografía de una misma forma de presentarse ante el mundo. Dentro, vimos a los demás. Pero insistí en esperar unos minutos, en fumarnos un cigarro primero. Claro, quería saber de Ana, pero no podía ser brusco, evidente.</p>
<p>- ¿Y de Ana? ¿Sabes algo de ella? Fabio me dijo que tenías contacto&#8230;</p>
<p>- La verdad es que no mucho. Pero sí que hemos coincidido. La llamé, pero tenía un compromiso. Me dijo que si le hubiéramos avisado antes&#8230; Me dio recuerdos para tí.</p>
<p>Y volvimos a la biografía de Nuria. Se había casado poco después de dejar el instituto. No funcionó. Ahora vivía en un pueblecito cercano y no se podía quejar. Magisterio. Niños. Un piso que se compró con la herencia de un padre que, al morir, se acordó de ella. El miedo que acude a la memoria.</p>
<p>- Pero cuéntame tú, Albert&#8230;</p>
<p><em>Dribling</em> por la izquierda, regate con bicicleta incluida, amago exterior, y caño. Abrimos la puerta del bar, y fuimos saludando uno a uno. El problema era, desde tan lejos, chutar a portería.</p>
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		<title>4. Hoyuelos</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jan 2012 17:59:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Albert</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Novela]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Fabio me llamó una mañana, temprano. Era la primera vez que oía su voz desde la infancia. Hablaba a trompicones, como pidiendo perdón por molestarme, con la misma inseguridad que respondía en clase cuando le preguntaban dónde estaba tal río o tal montaña. Su ignorancia era su fragilidad, pero también su fuerza, su autenticidad salvaje que, en secreto, todos envidiábamos.</p>
<p>- Lo he conseguido, Albert. He hablado con Pepe, con El Cabrero, con Luis, y con Eva. Ella dice que localizará a Nuria, que vive fuera, pero que a veces va a visitar a su madre al barrio.</p>
<p>- ¿No sabes nada de Ana?</p>
<p>- Nadie tiene contacto con ella. A ver si pueden hablar con Nuria, ella es la única que tal vez tiene su teléfono. De pequeñas eran muy amigas.</p>
<p>Lo eran. Tengo algunas fotos en las que están juntas, de la mano. Ana, morena, alta, con un cuerpo esbelto aún haciéndose. Nuria, rubia, de piel clara y ojos azules, llenos de luz. Con esas curvas que se hacen en las mejillas de algunas niñas, que intentan dejar de crecer. El hoyuelo, ese agujercito del que tanto nos reíamos, pero que acompañaba tan bien a su sonrisa de dientes blancos y separados.</p>
<p>Muchas veces nos reuníamos los tres en casa de la madre de Nuria, una mujer robusta y divorciada, que nos preparaba una magnífica merienda con la innegociable condición de que le dejáramos ver, tranquila, su telenovela preferida. Eran las únicas que vivían en la montaña, resguardadas de aquel barrio duro, obrero, que luchaba por conseguir servicios básicos pero, sobre todo, que intentaba que la heroína se llevase el mínimo número posible de jóvenes. Recuerdo, poco antes de marcharme, cómo las calles se habían convertido en un escenario lleno de zombies, de chavales que estaban enganchados, y que robaban a sus familiares, buscando en las carteras, vacías, un poco de alivio. Dos mil pesetas, quinientas, lo que fuera.</p>
<p>Ahora me produce escalofríos pensar en cómo aquella gente  batallaba por no perder la dignidad, por mantener, dentro de la magnitud del naufragio, ciertos códigos éticos, propios, y seguramente inconscientes. Perseguidos por el síndrome de abstinencia, que los sacudía por dentro, dedicaban la mayor parte de su tiempo a pedir dinero en la estación de tren o a meterse en algún lío al simular un atraco, en cualquier bar o cafetería. Pero jamás tocaban a los más pequeños. Pasan junto a nosotros sin mirarnos. Los ñiños estaban en otra guerra, y había que respetarlos.</p>
<p>Me viene la imagen de Luis, como un disparo, como esa memoria en forma de látigo que no da tiempo a filtrar, vagabundeando cerca del bloque. Era el vecino del quinto, y la droga le había consumido tanto a él como a su madre, que se había convertido en una cómplice forzada, y que muchas noches bajaba a casa, llorando y temblando, para pedir ayuda. Mi padre siempre le daba alguna moneda con la que Luis, justo a la mañana siguiente, intentaba convencer a algún camello para que le vendiera una nueva dosis, más barata, más letal.</p>
<p>- No hemos quedado aún en un día concreto. ¿Pero cuándo te iría bien a ti, Albert?</p>
<p>- Cualquier viernes. O un sábado. ¿Qué os parece el mes que viene? Éste me voy de viaje.</p>
<p>Fabio dijo que seguiría haciendo gestiones, que iba a intentar hablar con más compañeros de clase. Le propuse que buscara por Facebook, y aceptó. Creo, que en realidad, sólo quería verme a mí, darme un abrazo, y contarme que las cosas no le habían ido mal del todo.</p>
<p>La noticia de una potencial cena me había excitado. No era imposible encontrar, ya, a Ana. Pero esa instantánea de Luis, que había llegado sin ningún tipo de lógica a mi mente, me dejó aturdido el resto del día. Luis era algo mayor que yo, tal vez cinco años, y tenía fama de tener éxito entre las chicas del colegio. Era un buen estudiante. La madre, que se había quedado viuda hacía pocos años, era educada,  con una amabilidad contagiosa, siempre con un porte de cine inglés, y paseaba orgullosa con Luis de la mano, que llevaba la camisa planchada y el pelo repeinado. Luis se quedaba siempre leyendo en casa, y, aunque no tenía problemas para relacionarse con  el resto de chicos de su edad, parecía estar pensando, ya, en otros proyectos vitales. Pero la heroína llegó sin avisar, y nadie sabía quién había caído primero, quién sería el próximo, y cuáles eran las buenas y las malas influencias. Simplemente, éramos adolescentes que, sin darnos cuenta, aprendimos a caminar con la preocupación, instintiva, de no pisar ninguna jeringuilla.</p>
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		<title>3. Moleskine</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 15:33:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Albert</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Facebook o el Moleskine digital. Llevar un iPhone en el bolsillo e intentar atrapar la inmediatez. Entrar, en cada momento, a comprobar si Fabio ha contestado. Pero no todo el mundo está enfermo de internet, ni todos han perdido algo en esa mina, el recurso pasado del pasado. Platón y la dichosa cueva, a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Facebook o el Moleskine digital. Llevar un iPhone en el bolsillo e intentar atrapar la inmediatez. Entrar, en cada momento, a comprobar si Fabio ha contestado. Pero no todo el mundo está enfermo de internet, ni todos han perdido algo en esa mina, el recurso pasado del pasado. Platón y la dichosa cueva, a la que ya nunca se puede entrar de nuevo, ni para comprobar que allí tampoco hay talento. Las escaleras de Escher que nos han llevado a un edificio que, en realidad, es un barco. Aprender a vivir en el vaivén.</p>
<p>Dos semanas. Y nada &#8211; un adán inverso y sin acento-. Silencio.</p>
<p>Fabio me aceptó. Y me escribió en el muro desplegando toda la fiesta de las faltas de ortografía, de las letras inventadas, esos animales salvajes que recorren un armario sin cajones ni  puertas. Que qué suerte encontrarnos después de tanto tiempo, que qué es de mi vida, que tiene una hija, que me recuerda como a un hermano, que bla bla bla, y que qué que&#8230; Y nada de Ana, del cuenco, del bosque con olor a nísperos. Y yo con las ganas de apretar el gatillo que me diera la salida, aunque fuera de fogueo.</p>
<p>Paso rápido a enviarle un mensaje, en privado. Demasiados grafitis.</p>
<blockquote><p>Para/Asunto/Mensaje.</p></blockquote>
<p>Y la cortesía necesaria, y explicarle la vida que me he inventado para mirarme al espejo cada mañana &#8211; la verdadera virtualidad -, y al lío. Que la p(r)isa pisa al tiempo.</p>
<p>- ¿Aún tienes contacto con los del colegio?</p>
<p>-Sí, veo a muchos. Todos tienen hijos. ¿No has tenido hijos, Albert?</p>
<p>Que eso no interesa, ahora. Que no pongas las trayectorias en paralelo, como si fuesen los cromos del patio, que no somos iguales, que tu rematabas y yo sólo colocaba la pelota justo en el punto exacto.</p>
<p>- Y Ana. ¿Recuerdas a Ana?</p>
<p>La ha visto alguna vez. Cree que se casó, pero no está seguro. Sabe que vive cerca del barrio, al lado de aquel centro comercial gigante, del monstruo que se ha convertido en un ágora improvisada. Ya tenemos un espacio físico, al menos. Comienza la búsqueda. Google Maps, esa brújula con olor de <em>router</em>.</p>
<p>- Fabio, me alegra que estés bien. Podríamos quedar un día, todos. Cenamos y recordamos viejos tiempos (el tiempo envejece como los perros, de siete años en siete años). Tú que vives en el barrio, ¿podrías organirzarlo?</p>
<p>Un sí demasiado metálico. Como tantos.</p>
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		<title>2. Fabio Reyes</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Jan 2012 18:03:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Albert</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los usuarios que no son amigos de Fabio sólo ven parte de la información de su perfil. Si conoces a Fabio personalmente, envíale un mensaje o agrégale como amigo.
Información básica:
Sexo: Hombre
Ciudad de origen: Lisboa
Gustos e intereses: Música
Fabio Reyes. Tiene las cicatrices justas. Los ojos hundidos, cansados. Sólo ha publicado tres fotos, y se pueden ver [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Los usuarios que no son amigos de Fabio sólo ven parte de la información de su perfil. Si conoces a Fabio personalmente, envíale un mensaje o agrégale como amigo.</p></blockquote>
<p>Información básica:</p>
<p>Sexo: Hombre</p>
<p>Ciudad de origen: Lisboa</p>
<p>Gustos e intereses: Música</p>
<p>Fabio Reyes. Tiene las cicatrices justas. Los ojos hundidos, cansados. Sólo ha publicado tres fotos, y se pueden ver sin tenerle de contacto.</p>
<p>No habla de a qué se dedica. Tal vez en el muro. Pero en una foto aparece en el mercadillo. Podría tener un puesto, allí. Muchos de los gitanos del barrio lo tienen. En la otra foto, una niña de cinco años. Con el pelo lleno de rizos, con una camiseta de publicidad de una agencia de viajes. Come una naranja enorme, sin pelar. Debe ser su hija. Una hija hermosa, morena, que mira al padre riendo. Tiene los dientes blancos, de leche, y unos pendientes de oro. Los reconozco. Las hermanas de Fabio ya tenían unos idénticos cuando íbamos al colegio. Son el carnet de identidad de las mujeres de la familia. Su herencia y el símbolo de su dignidad.</p>
<p>Fabio la mira de reojo, como haciéndose el enfadado &#8211; alguna fechoría acaba de hacer la niña &#8211; pero con un orgullo muy interiorizado. Un orgullo de padre, que protege, que forma, que da lo mejor de sí mismo. Fabio, cansado y padre. Fabio, en el mercado. Fabio, mi amigo, hecho hombre rápidamente.</p>
<p>Fabio, si realmente vende en el mercado, sabrá decirme en qué se ha convertido Ana, dónde puedo encontrar el cuerpo de aquel recuerdo, de aquella adolescente que siempre vuelve a mí cuando dudo de la actualidad y el contexto. Fabio, pues, es una puerta a la infancia. Fabio, mi compañero en el equipo de voleibol. Yo, colocando la pelota para que se pare en el aire, justo en la medida exacta. Él, rematando. Fabio, con potencia de caballo y una sonrisa que acallaba los insultos racistas que le recordaban que vivía en la montaña, en una caravana vieja y maloliente. Fabio, y siempre aquel jersey de lana, con rayas rojas, lleno de agujeros. Fabio, y su pantalón de chandal. Fabio, y las bambas rotas, de segunda o tercera mano, con las que marcábamos los goles a la hora de comer.</p>
<blockquote><p>Agregar a mis amigos.</p></blockquote>
<p>Y a esperar a que Fabio quiera volver a jugar. Ahora le necesito de pasador a él.</p>
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		<title>1. Ana</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 07:30:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Albert</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ana. anA. Su primer apellido. Su segundo apellido, no me acuerdo de su segundo apellido. La construcción, el cemento, la grúas de la memoria. Convertirnos en albañiles. Buscar por páginas y grupos; el nombre del colegio, el barrio, los amigos en común, el cine al que comenzábamos a ir. Nada. Tiene que estar. Todas las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ana. anA. Su primer apellido. Su segundo apellido, no me acuerdo de su segundo apellido. La construcción, el cemento, la grúas de la memoria. Convertirnos en albañiles. Buscar por páginas y grupos; el nombre del colegio, el barrio, los amigos en común, el cine al que comenzábamos a ir. Nada. Tiene que estar. Todas las anas posibles. Cómo será ahora. El pelo negro, largo, la misma cara de púber. Cuántos hijos debe haber traído, sin avisar, a este mundo. Y todos los maridos. No puedo dibujarla divorciada, consumida por el tabaco y las renuncias. O sí. El juguete roto, el espejo que es un cuadro dorado y barroco, la radio encendida que repite que hoy es un nuevo día, otro más. Y coser un jersey, o la acumulación de las horas.</p>
<p>Las teclas que te escriben. La mecanografía de la lluvia. Los martillos. Rastrear en las redes profesionales. Abogada, enfermera, a qué se dedican las adolescentes que tanto se repiten en nuestro puzzle interior. Qué buscaremos cuando buscamos. Qué tipo de edificio hemos levantado para no hundirnos nosotros mismos. Cajera, de retazos. Ejecutiva que ha ido ejecutando plazos y etapas. Ana. anA. Un cuenco y un anagrama. Una red para náufragos, un tejido de hilos sin minotauros, un rescate de alguien que jamás fuimos y que recordamos como si tuviéramos un público al que engañar. La propia mercadotecnia, el cliente más difícil porque exige productos que no se han comercializado ni se comercializarán jamás. Ana. Y tu primer apellido. Y del segundo no me acuerdo. Tal vez no hay segundos apellidos, ni segundas rutas.</p>
<p>Los maestros rejuvenecen con el tiempo. Qué viejos eran desde nuestra altura, y qué cara de pedagogía posfranquista &#8211; esperanzadora y esperanzada &#8211; que tienen en las fotos. La cámara lúcida. El punctum. La herida que no entiende de perspectivas. Ni de ángulos.  No hay gafas de papel, ni el rojo o el verde de una tercera dimensión que alargue un encuadre. La realidad siempre ha sido virtual. Nada nuevo. El acto de una verdad potencial y potente. Un vaso, un beso, la merienda del pan de molde y el olor a Nocilla, con Espinete alterado, y tu hermana incordiando nuestras primeras magias. Cuántos trucos por una sonrisa.</p>
<p>Pero un momento, me acuerdo de Fabio, el portugués. El que vivía en la caravana. Tocaba el acordeón en los semáforos, y se escondía cuando tu padre o el mío nos venían a buscar en coche al colegio. Le daba vergüenza que viéramos su pobreza, sin darse cuenta que nosotros estábamos dentro de la secuencia. Sí, Fabio. Tal vez no tiene Facebook, pero hoy todo el mundo lo tiene. Él sabrá quién eres ahora, y dónde me esperas. Te llevabas bien con Fabio. Y yo también. De la rivalidad, pasamos enseguida a esas amistades que se sostienen por las tareas comunes, por una misma afición al deporte o a poner monedas de veinticinco pesetas en las vías del tren para observar, con tan sólo catorce años, que la velocidad siempre acaba arrasando con todo. El perfil de Fabio.</p>
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